Ateo hasta que el avión empieza a caer
Ateo hasta que el avión empieza a caer

Recuerdo que hace unos años, yo estaba de pie observando a mis alumnos de la universidad mientras entraban al aula para nuestra primera clase de Teología de la Fe

Ese fue el primer día que vi a Tommy.
Mis ojos y mi mente se fijaron en él. Estaba peinando su larga melena rubia, que caía 20 centímetros por debajo de sus hombros. Era la primera vez que veía a un joven con una melena tan larga.
Me imagino que era lo que estaba de moda en ese tiempo.
Sé que no es lo que está sobre la cabeza lo que cuenta, sino lo que está dentro, pero como ese día no estaba muy mentalizado, mis emociones se alteraron y de inmediato etiqueté a Tommy bajo la “E” de extraño… muy extraño.
Tommy resultó ser el “ateo de la clase” en mi curso de Teología de la Fe.

Cuando al terminar el curso vino a entregar su examen final, me preguntó en un tono algo cínico, “¿Cree usted que alguna vez encontraré a Dios?”
“¡No!”, le dije muy enfáticamente.
“¿Por qué no?”, me respondió, “yo creía que ése era el producto que usted estaba vendiendo.”
Dejé que estuviese a unos cinco pasos de la puerta del salón y alcé mi voz para decirle: “¡Tommy! Creo que tú nunca encontrarás a Dios… pero estoy absolutamente seguro de que Él te encontrará a ti.”
Él se encogió de hombros y salió de mi clase y de mi vida.

Un tiempo después me enteré que Tommy se había graduado y me alegré sinceramente.
Más adelante me llegó una triste noticia: supe que Tommy padecía un cáncer terminal.
Antes de que yo pudiera buscarlo, él vino a verme.
Cuando entró en mi despacho tenía un aspecto demacrado y su larga melena había desaparecido debido a la quimioterapia. Pero sus ojos brillaban y su voz tenía la misma firmeza que antes.
“Tommy, he pensado mucho en ti… oí que estás enfermo”, le dije en un tono desenfadado.
“Sí, muy enfermo”, me respondió, “tengo cáncer en ambos pulmones. Es cuestión de semanas.”
“¿Me puedes hablar sobre eso?”, le pregunté.
“Por supuesto, ¿qué quiere saber?”, me contestó.
“¿Qué se siente al tener solo 24 años y estar muriendo?”, le dije.
“Bueno, podría ser peor.”
“¿Peor, cómo qué?”
“Bueno, como llegar a los cincuenta años sin tener valores o ideales; o llegar a los cincuenta creyendo que beber, seducir mujeres y hacer dinero son ‘lo máximo’ de la vida.”
Pensé en usted y en su clase, y recordé otra cosa que usted nos había dicho: ‘La mayor tristeza es pasarse la vida sin amar. Pero sería igualmente triste pasar por la vida e irse sin nunca haberle dicho a los que uno ama, que los ama’.
Así que empecé por el más difícil: mi padre
Él estaba leyendo el periódico cuando me acerqué.
“Papá”
“¿Qué?”, preguntó sin quitar sus ojos del periódico.
“Papá, quisiera hablar contigo.”
“Bueno, habla.”
“Papá… es algo verdaderamente importante.”
Bajó el periódico lentamente, “¿De qué se trata?”

“Papá, yo te quiero. Sólo quería que lo supieras”.

“El periódico se cayó de sus manos. Entonces mi padre hizo dos cosas que no recuerdo que hubiese hecho antes: lloró y me abrazó.
Estuvimos hablando toda la noche, aunque él tenía que ir a trabajar al día siguiente. Me sentí tan bien de estar cerca de mi padre, de ver sus lágrimas, de sentir su abrazo y de oírle decir que también me quería.
Fue más fácil con mi madre y con mi hermano pequeño. También lloraron conmigo y nos abrazamos y nos dijimos cosas bonitas los unos a los otros.

Compartimos las cosas que habíamos guardado en secreto por tantos años.
Sólo me arrepiento de una cosa – de haber esperado tanto tiempo…
Ahí estaba, comenzando a abrirme a todas las personas que siempre habían estado tan cerca de mí
Entonces, un día me di la vuelta ¡y ahí estaba Dios! No vino a mí cuando yo se lo rogaba.
Aparentemente Dios hace las cosas a Su manera y a Su hora. Pero lo importante es que Él estaba ahí. ¡Me había encontrado!
Usted tenía razón, me encontró aún después de que yo había dejado de buscarlo.”
Antes de que muriera, hablamos una última vez.
“No voy a poder llegar a su clase”, me dijo…
“Lo sé, Tom.”
“¿Les dirá usted por mí? ¿Le dirá… al mundo entero por mí?“
“Sí, Tom, les diré. Haré todo lo mejor que pueda…”
Así que vosotros que habéis tenido la paciencia de leer esta simple historia sobre el amor de Dios, gracias de corazón.
Y a ti, Tommy, en los brillantes y verdes cerros del Cielo, debes saber que lo he dicho lo mejor que pude…

Si esta historia ha significado algo para ti, pásasela por favor a uno o dos amigos.
Es una historia real que no ha sido creada para propósitos publicitarios
¡Muchas gracias!

Rev. John Powell
Profesor de Loyola University, Chicago
Paterna, mayo de 2018-05-24
Adaptada por el Hno Félix Benedico

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