Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 13.16.36

 

El Cristiano y el sufrimiento
¿Cristo murió para reparar el honor de Dios?

Como explica con acierto F Varone, «el sufrimiento humano no tiene para Dios ningún valor compensatorio ni reparador no constituye placer ni exigencia jurídica de Dios».
En la pasada reflexión del mes de agosto hablaba de la felicidad, porque es cierto que el ser humano busca siempre ser feliz; por caminos diferentes, con mayor o menor acierto, todos nos esforzamos por lograr esa felicidad que nuestro corazón anhela.

Pero, también es verdad que tarde o temprano, todos nos encontramos con el mal. El dolor es algo inherente a la vida humana.

“No es posible crecer como ser humano si no es en el sufrimiento, con el sufrimiento y ante el sufrimiento”, dice Pagola

Y Enrique Rojas llega a decir que «el problema de la vida es el problema del sufrimiento. Cuando se ha comprendido esa clave, se ha encontrado la llave para entender cuál es el sentido y la dirección de la existencia».

El sufrimiento es un problema para todos los hombres. También para el creyente.

La fe no suprime las graves cuestiones que el sufrimiento plantea. Al contrario, en un comienzo, las agrava todavía más.

El creyente se ve obligado a preguntarse ¿cómo Dios, Ser infinitamente bueno y omnipotente, puede tolerar tanto dolor y sufrimiento injusto en la humanidad?

Es fácil entonces tratar de «justificar» a Dios ofreciendo explicaciones de todo tipo. Se dice que Dios, siguiendo sus «misteriosos designios», envía los males y desgracias unas veces como castigo, otras como purificación, a veces como prueba.

Parece como que, a veces, Dios no soporta ya nuestro pecado, «pierde la paciencia» y termina enviándonos el castigo que merecemos.

Cuando el sufrimiento es considerado como algo provocado directamente por Dios, se corre el riesgo de hacer de Él un ser terrible, dedicado a repartir males y desgracias, y en cuyas manos da miedo abandonarse.

Analizando ciertas formas de hablar, se diría que Dios maneja el sufrimiento para satisfacer su propio honor o asegurar su justicia.

Esta idea de Dios es radicalmente falsa. Dios, como dice el libro de la Sabiduría, es «amigo de la vida». (Sab. 2,26) Quiere la felicidad del ser humano, no su sufrimiento. Dios no encuentra en el padecimiento del hombre un placer especial, algo que le agrade de manera particular.

Es preferible ver en el sufrimiento un misterio más profundo, que echa sus raíces en la finitud y contingencia de la creación.

El ser humano crece en la fragilidad biológica, psíquica y moral, en un mundo creado por Dios, que actualmente está en devenir, orientado e impulsado por ese mismo Dios hacia su plenitud.

Cada sufrimiento o acontecimiento doloroso tiene una causa determinada que, con frecuencia, puede ser constatada.

La muerte de tal ser querido se debe a un accidente provocado por un exceso de velocidad, tal intoxicación concreta está provocada por un determinado virus que ha penetrado en el organismo al ingerir alimentos en malas condiciones.

Todos estos sufrimientos concretos forman parte de un mundo en devenir que Dios va conduciendo a través de una evolución dolorosa hacia la participación de su propia vida divina.

Así lo expresaba san Pablo «Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo» (Rom. 8,22-23).

Si las personas sufren es porque están embarcadas en este devenir doloroso. Por eso, en lugar de andar buscando en Dios la justificación de cada desgracia, es mejor ahondar en el misterio de Cristo crucificado para dejarnos iluminar por su luz.

Si Dios ha exigido una satisfacción tan terrible como el sacrificio de su propio Hijo, lo mejor que uno puede hacer ante un ser tan exigente y peligroso es actuar con cautela, y utilizar toda clase de ritos y sacrificios para tenerlo satisfecho.

Pero entonces la vida cristiana queda totalmente falseada y, lejos de ser una respuesta agradecida al amor de Dios, se convierte en una religión del miedo, orientada a defenderse de él.

Si Jesús muere en la cruz no es porque así lo exige el Padre en compensación de su honor ofendido, sino por encarnar su amor a los hombres hasta el final.

La crucifixión de Jesús no es una exigencia que impone el Padre desde fuera para reparar el pecado. Es consecuencia del rechazo que Jesús encuentra al actuar movido por el amor incondicional de Dios a los hombres.

Por eso, lo que en realidad salva a los hombres no es el sufrimiento que se produce en la cruz, sino el amor infinito de Dios al hombre, encarnado y manifestado hasta sus últimas consecuencias en la crucifixión de su Hijo. No es la sangre la que salva sino el amor de Dios que no se detiene ni siquiera ante ella.

(Basado en el libro de  José Antonio Pagola “Es bueno creer”)

Hno. Félix Benedico
Paterna, agosto de 2015

Artículos relacionados

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.