Leyendo el libro  “Fijos los ojos en Jesús” (En En los umbrales de la fe)  de Dolores Aleixandre, Juan Martín Velasco y José A. Pagola,  de PPC,  encuentro un capitulo con el título de esta reflexión. Me ha gustado y me parece que Dolores Aleixandre lo expresa muy bien.

Así que os lo ofrezco textualmente para que lo disfrutéis.

“Habían jugado juntos desde niños: hacían trampas para pájaros, pescaban renacuajos en las charcas, robaban nueces de los huertos, se retaban a ver quién se atrevía a subir hasta el tejado de la casa de Matatías, el fariseo, para asomarse y contar después lo que había visto.

Eran ya adolescentes cuando a Samuel, que vivía con su madre viuda, le asaltaron unas extrañas fiebres que dejaron su cuerpo retorcido y sus piernas incapaces de sostenerle.

Los otros cuatro siguieron a su lado: pasaban tiempo junto a él, conversaban para entretenerle, al llegar la primavera le sacaban en su camilla junto al mar para que le diera el sol y el aire, le contaban lo que habían oído en la sinagoga: un día, anunciaba un profeta, los ciegos recobrarían la vista, los mudos cantarían y los cojos saltarían como ciervos.

Pero los ojos de Samuel se nublaban, porque sabía que eso ocurriría en tiempos del Mesías, que nunca llegaba.

Cuando murió su madre juraron que no lo abandonarían a su suerte y cumplieron su juramento. Le decían:

-¿Te acuerdas de lo amigos que eran David y Jonatán?

Pues nosotros somos más que ellos, porque ellos eran solo dos y nosotros somos cinco, y a Jonatán lo mataron, pero a ti nadie va a atreverse a tocarte ni un pelo, porque nos tienes a nosotros para defenderte.

Un día Bernabé fue a buscar a los otros lleno de agitación: Jesús, aquel galileo de quien todos hablaban, estaba en Cafarnaún y había curado a muchos enfermos.

-Cuentan que ha dicho que quien tenga fe como un grano de mostaza moverá montañas.

Yo no sé qué clase de fe es esa, pero a nosotros nada nos ha detenido nunca a la hora de ayudar a Samuel, y, si ese Jesús es capaz de curarle, vamos a llevarle a donde él esté.

Benjamín dijo:

-Creo que se aloja en casa de Matatías, ¿y no os acordáis que de niños éramos capaces de trepar hasta su tejado?

La dificultad de la empresa despertó su deseo y trazaron el plan: al día siguiente cogieron cuerdas, subieron la camilla hasta la terraza de una casa vecina y desde allí todo fue sencillo: apartaron el cañizo del tejado y descolgaron la camilla junto al lugar en el que Jesús estaba sentado.

Temieron que su atrevimiento lo encolerizara, pero, cuando vieron cómo miraba a Samuel y luego a ellos, asomados arriba, supieron que habían ganado la batalla:

-Hijo, tus pecados están perdonados -dijo Jesús-. Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

Y en medio del estupor de todos, Samuel se levantó, tomó él mismo su camilla y salió fuera.

Aquella noche se juntaron para celebrarlo y Bernabé dijo:

-Quizá nuestra fe no mueva aún montañas, pero al menos, ¡ya hemos conseguido mover un tejado!

Rieron y Samuel brindó en honor de aquel hombre que le había mirado con el cariño de un padre y había devuelto el vigor a sus piernas. Y les dijo que su corazón, liberado también de las ataduras del pecado, saltaba ahora de alegría como si hubieran llegado ya los tiempos del Mesías.”

> Esta historia es mí historia. Me dejo mirar por los ojos de Jesús como si fuera el paralítico. No hay en él sombra alguna de acusación ni de reproche: solo una ternura y una aceptación incondicionales que fluyen hacia mí y me sumergen en el torrente de su amistad y su misericordia.

Le escucho decirme.- «Entre tú y yo no existe ninguna interferencia, todo está perdonado». Compartiendo nuestra fe. Compartiendo nuestra fe. Evocamos los nombres de personas que a lo largo de nuestra vida nos han sostenido en la fe, se han hecho cargo de nuestras parálisis y nos han llevado al encuentro de Jesús. Buscamos estrategias para hacer nosotros lo mismo con otros y ayudarles a poner en pie sus Vidas.

Paterna, 22 de enero de 2019
Por la Transcripción Hno. Félix Benedico


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